domingo, 11 de marzo de 2012

Los que se han ido - Fernando Hinestrosa Forero en el sepelio de Baldomero Sanín Cano



Uno de los más bonitos discursos de despedida fue el que dio el Rector Fernando Hinestrosa a los 26 años ante el féretro del Maestro Baldomero Sanín Cano en Representación de los Profesores del Externado. Sus palabras las podríamos tomar ahora para hablar de su propia vida y enseñanzas por el hecho de su muerte. Los dejo con el discurso fúnebre que pronunció el Rector conmovido en aquella ocasión:
¡Cómo vale un hombre sin prejuicios! Cuando se observa la decadencia natural de la persona con el correr de los años, cuando se palpa a cada paso el anquilosamiento de los espíritus, se aprecia en todo su alcance la permanente frescura intelectual de Sanín Cano.

El Maestro Sanín Cano ha muerto. Sus amigos y admiradores nos hemos congregado para despedir a quien fuera una de las más auténticas glorias de la nacionalidad colombiana. Os dirijo la palabra en nombre del Externado de Colombia, Universidad que tuvo la honra de contarlo entre sus profesores, y prevalido del entrañable afecto que desde mi cuna le profesé a ese varón ilustre. Su recuerdo se me pierde en la penumbra de la infancia. Era el amigo de la casa, de conversación erudita, que nunca olvidaba unas palabras tiernas para el niño. Más tarde buscando conocimientos encontré sus libros en la biblioteca paterna y, cuando menos, cada lunes leía sus artículos de periódicos. Así, al afecto de la familia se sumaron el respeto y la admiración conscientes y profundos.
Fue Sanín Cano un hombre extraordinario. Físicamente su figura parecía tallada en piedra; sus rasgos eran recíos y su vitalidad daba la impresión de haber vencido al tiempo, de que no sólo las creaciones de su espíritu, sino también su propio cuerpo trascendía la limitación temporal del hombre. Pero no es su longevidad admirable, ni la profusión y la profundidad de sus obras, ni su incalculable influencia sobre las letras colombianas lo que más admiramos en el Maestro. Lo que pasma, los que nos hace lamentar más hondamente su desaparición, es su propia personalidad. su exacta dimensión humana.
¡Sanín Cano fue un hombre que se hizo a sí mismo, y qué tan cabalmente se forjó! Maestro de escuela, fue siempre un estudiante. Lector infatigable, escritor sin desmayos, animador de movimientos literarios. Su vida es un ejemplo de constancia, de amor a la cultura, de patriotismo desvelado.
¡Cómo vale un hombre sin prejuicios! Cuando se observa la decadencia natural de la persona con el correr de los años, cuando se palpa a cada paso el anquilosamiento de los espíritus, se aprecia en todo su alcance la permanente frescura intelectual de Sanín Cano. Jamás temió a las ideas. Quizá cuanto más avanzadas con mayor avidez las estudiaba. Su vida fue un contante combate espiritual. Liberal por principios. Sus noventa y seis años fueron una lección de amplitud de criterio, de fe en la renovación de los sistemas, tanto estéticos como sociales, de continuidad con su pensamiento y de respeto de las ideas ajenas.
Con sus virtudes, con la austeridad de su vida, con la frialdad de su estilo, con su dignidad esencial, conquistó espontáneamente el apelativo de "maestro" ¿Cómo podría habérsele llamado de otro modo? Todos cuantos nos acercamos a él, quienes gozamos de su conversación serena, reposada, siempre animada con algún gracejo: así como quienes leímos sus múltiples y siempre sustanciosos ensayos, hemos de reconocer que su contacto infundía respeto, se sentía uno penetrado de su recia personalidad. Siempre había algo que aprender en él; siempre de él se obtuvo enseñanza.
Poseía sin duda el elixir de la vida. Fue un hombre que supo vivir. Sin boato, sin ostentaciones, modestamente, pero con toda dignidad, su larga existencia la consagró por entero al servicio de la cultura. Su mente se mantuvo siempre joven. Nunca se detuvo en sus investigaciones. Anhelante buscaba en varias leguas lo nuevo, la verdad presente, la más cabal expresión del pensamiento contemporáneo.
Impresionaba la seriedad de sus páginas, la austeridad de sus figuras. Tal vez su única pasión fue la de lo nuevo. Extraño que el calor del trópico, con el ardor de sus gentes, tan propensas en todo a la exageración del colorido, produjera a un escritor de tanta precisión, de tamaña madurez, de tan hermosa sobriedad.
Es Sanín Cano una auténtica expresión colombiana. Vitalmente fuerte como su raza antioqueña, moralmente fuerte, firme como el que más es su credo democrático, prístinamente liberal. Perteneció a la generación radical: hombres buenos, intransigentes en la conducta, amplios en el pensamiento, honestos en todos sus actos y en todas sus ideas. Rindió su vida cuando en la patria amanece un día esplendoroso de libertad, en la que confió sin vacilaciones y por la que luchó con desvelo. Su recuerdo de hombre probo y de hombre siempre joven ha de ser imperecedero en nuestros corazones.
Adiós querido Maestro.

Palabras a nombre de los profesores universitarios, en el sepelio de Baldomero Sanín Cano, Cementerio Central, 13 de mayo de 1957. Fernando Hinestrosa Forero.